LA ARMENGOLA

 LA RECONQUISTA, SEGUN LA TRADICCION ORAL:

LEYENDA DE LA ARMENGOLA.

Juan Bautista Vilar
  Historia de la ciudad de Orihuela

   
    Refiere la tradición que el arraez o alcaide de Orihuela, un tal Benzaddón, tenía su residencia en la alcazaba. No lejos de allí, en el arrabal mozárabe de “Roche”, el Rojo —la actual Rabalache—, vivía Pedro Armengol con su esposa e hijas. La mujer había sido nodriza de los hijos del alcai­de, razón por la cual tenía libre acceso a la fortaleza. 

     He aquí que los mudéjares locales se concertaron con los demás del reino de Murcia para alzarse en armas, pasar a cuchillo a los residentes cristianos y sacudirse su ominosa protección. El día señalado fue un 16 de julio, sin que se exprese el año. Benzaddón quiso sin embargo exceptuar a la. nodriza y su familia del general exterminio decretado contra los infieles. Les pasó un aviso confidencial de lo que se tramaba y les ofreció seguro asilo en el castillo. 

      La mujer de Armengol quedó anonadada con la noticia. Repuesta de la sorpresa, decidió salvar a su pueblo pero no por la vía del ruego, como hiciera Esther con Asuero, sino sirviéndose de una estratagema ingeniosa. No era lo suficientemente joven para hacer ella sola el papel de Judith, así es que, después de concertarse con sus correligionarios, hizo vestir a dos robustos jóvenes —Ruidoms y Juan de Arnún— las ropas de sus hijas, y en su compañía y en la de su marido se presentó, entrada la noche, en la puerta de la alcazaba diciendo ser los huéspedes esperados por el alcaide. 

      Los guardias, uno tras otro, fueron degollados en el mayor sigilo. El recinto exterior de la fortaleza quedó expedito para los cristianos que venían detrás. No así la ciudadela, cuyo asalto parecía imposible sin un milagro. Y éste se produjo. 

      Era aquel día víspera de la festividad de las santas Justa y Rufina, muy veneradas de la mozarabía local. Ambas mártires hispalenses se apa­recieron en forma de resplandecientes luceros para posarse sobre sendos baluartes de la fortaleza. Aquella noche iluminaron la sangrienta refriega sostenida por los cuatro cristianos con los musulmanes del recinto. 

     La épica contienda tuvo lugar a puerta cerrada, atrancada por los asaltantes para impedir que cundiera la alarma entre la morisma de la villa, que fue sorprendida en todas partes por el vecindario cristiano. 

     Armengola, empuñando las armas y luchando como un hombre, hizo prodigios de valor. El sorprendido alcaide, por su parte, se comportó con bravura. Dio muerte a uno de los mozos y no desmayó en la lid hasta que sucumbió acribillado de heridas. Cuando su mujer se percató de que todo estaba perdido, emulando a la heroína clásica, se abalanzó por una ventana con una niña de corta edad en sus brazos.

          En tanto sus compañeros arremetían contra los últimos resistentes, la matrona abrió las puertas de la
alcazaba a sus correligionarios quienes, habiendo traspasado el recinto exterior y atraídos en la negra noche por los luceros, subían en tropel hacia la ciudadela. La torre de homenaje fue coronada con la cruz en su mas inhiesta almena. Entre gritos de júbilo fueron liberados los cautivos que yacían en las mazmorras de la fortaleza y celebrado el Triunfo con cánticos de alabanza.

      La muerte del arraez, la caída del castillo en manos de los cristianos y la noticia de que se acercaba el ejército salvador del rey don Jaime impidieron
a los mudéjares poner en práctica su proyectada masacre. Consternados, solo pensaron en la huida.

        
La tradición, fuente de inspiración de literatos y artistas, continua arraigada entre el vecindario de Orihuela. Aceptada oficialmente, la festivi­dad de la liberación de la ciudad de manos de los musulmanes se conme­mora en 17 de julio.

        En la
víspera, se encienden las luminarias entre las ruinosas paredes del castillo y, al día siguiente, la Corporación municipal bajo mazas y con el pendón de la ciudad al frente acuden a una solemne y concurridísima función religiosa en la parroquial de las santas Justa y Rufina. Allí el concejo y los demás ciudadanos escuchan una vez más de labios del oficiante la portentosa hazaña de la valerosa mujer de Pedro Armengol.