La Fiesta de La Reconquista

EL ORIOL
 

 
 

    Lá Señera o Estandarte de la ciudad, llamado también Oriol es la bandera que llevaban a su frente las tropas oriolanas en las guerras de Castilla y Aragón, después de la Reconquista. Debió construirse pocos años más tarde del suceso; porque en tiempos del infante D. Fernando la llevaron los oriolanos al cerco de Jumilla, y en 1420 ya acordó el Consejo hacer otro Estandarte nuevo por estar muy deteriorado el antiguo.

   El lema del anverso: DOMUS HERODII  DUX EST EORUM, psalmo 109 de David, se traduce por extensión: fabrica o construye su habitación, corno el herodio, en lo alto de las montañas, aludiendo tal vez a la situación primera de Orihuela en el sitio que hoy ocupa el Seminario. El otro lema del reverso, con, las barras de Aragón, lo adoptaron los oriolanos con motivo del honroso privilegio que Pedro IV les concedió en 1380 como honorífica recompensa al heroísmo con que defendieron la villa oriolana contra el rey Cruel de Castilla; en cuyo documento escribió el de Aragón la frase; SEMPER PREVALUIT ENSIS VESTER, (siempre prevaleció vuestra espada)

   Al principio, el ave coronada apoyaba las dos garras en un trozo de leño, sin espada; y, como ahora, estaba bordada en oro y sedas en el centro del Estandarte de damasco, teniendo a uno y otro lado las imágenes de Santas Justa y Rufina. La espada que lleva el Oriol en la garra derecha se le puso a mediados del siglo XV, o principios del siguiente; de cuya época son también los adornos de oro que lleva esparcidos.

     La Señera fué arrebatada en 1521 por el marqués de los Vélez, después de la desgraciada batalla de Bonanza. Más de cincuenta años porfiaron los oriolanos para que la devolviera, y como no lo consiguieron, a pesar de las órdenes del rey, construyeron otra igual a la pérdida en 1577; pero también ésta sufrió igual suerte en el saqueo de Orihuela en 1706. El Oriol actual es de plata con baño de oro algo deteriorado por el tiempo, pues se construyó en 1732, sí bien el Estandarte ha sido repuesto varias veces, conservándose siempre el pájaro, que se cree sea una oropéndola, las imágenes de las Santas y los adornos.

   En los casos de guerra, o cuando por ella amenazaba a Orihuela algún peligro grave, se colocaba el Estandarte en la plaza Mayor, y todos los vecinos que tenían armas y caballo debían acudir a defender la Patria, alistándose a los demás en varias compañías, ya formando en la hueste guerrera, ya para cuidar del acopio de pertrechos, abastos y reparación de murallas y baluartes; castigándose con prisión y pérdida de hacienda a los que faltaran a estos deberes.

   Nadie, sino el justicia criminal, podía conducir la Señera, al frente de la hueste, rodeándole la nobleza con sus respectivas mermadas y banderas; y cuando era llevada fuera del término, quedaba en la ciudad, sustituyéndola el estandarte de San Ginés, antiquisima cofradía que se fundó en N. S. de Monserrate para socorrer a los náufragos de la costa de la Oradada.

   Fuera de estos casos, se conservaba en la Sala de sesiones del Consejo, ocupando la presidencia bajo dosel galonado de oro.

El pregón de la fiesta:

 <<Oid ahora lo que se hace saber de parle de los ilustres señores Justicia y Jurados de la ciudad de Orihuela: Que por cuanto el día y fiesta de las gloriosas santas Justa y Rufina, que será el miercoles próximo primero que contamos 17 del presente mes, la presente ciudad, por gracia de nuestro Señor Dios, fue ganada a los moros enemigos de nuestra Santa Fé católica, la cual victoria es digna de ser representada y festejada en memoria de tan alta merced como la que nuestro Señor Dios hizo a los católicos:
         Por esto, y para honra y solemnidad de dicha fiesta y victoria, obtenida en semejante día, ordenan y mandan que el martes por la tarde todos los vecinos y habitantes de la ciudad pongan lumimarías en las ventanas y terrados de sus casas, y hagan algunos juegos en las calles, para que la ciudad esté alegre y demuestre el contento que tiene por la dicha merced.     
         Igualmente ordenan y mandan que todos los oficios y cofradías, que dicho día de la fiesta por la mañana, con sus banderas y ciriadas, estén en la Seo de la presente ciudad, y acompañen con gran devoción la procesión que se hará a la iglesia parroquial de las dichas bienaventuradas Santas, y vuelvan acompañando la procesión a la Seo; y esto en pena de diez sueldos de multa a los que no lo hagan, y si fuesen clavarios o estuvieran encargados de las banderas de los oficios, la multa será de treinta sueldos, aplicada la tercera parte a la caja del dicho oficio, la tercera al común de la ciudad, y la otra tercera parte a sus magnificencias. Y guárdese quien deba guardarse.—Gaspar García de Lara, jurado.
         Día 14 del mes de julio del año de nuestro Señor 1577, yo Juan de Vilanova, trompeta, por los mandamientos de los muy magníficos señores Justicia y Jurados de la dicha ciudad, declaro haber preconizado el sobredicho pregón en la plaza y lugares acostumbrados de la ciudad»
 <<Oid ahora lo que se hace saber de parle de los ilustres señores Justicia y Jurados de la ciudad de Orihuela: Que por cuanto el día y fiesta de las gloriosas santas Justa y Rufina, que será el miercoles próximo primero que contamos 17 del presente mes, la presente ciudad, por gracia de nuestro Señor Dios, fue ganada a los moros enemigos de nuestra Santa Fé católica, la cual victoria es digna de ser representada y festejada en memoria de tan alta merced como la que nuestro Señor Dios hizo a los católicos:
         Por esto, y para honra y solemnidad de dicha fiesta y victoria, obtenida en semejante día, ordenan y mandan que el martes por la tarde todos los vecinos y habitantes de la ciudad pongan lumimarías en las ventanas y terrados de sus casas, y hagan algunos juegos en las calles, para que la ciudad esté alegre y demuestre el contento que tiene por la dicha merced.     
         Igualmente ordenan y mandan que todos los oficios y cofradías, que dicho día de la fiesta por la mañana, con sus banderas y ciriadas, estén en la Seo de la presente ciudad, y acompañen con gran devoción la procesión que se hará a la iglesia parroquial de las dichas bienaventuradas Santas, y vuelvan acompañando la procesión a la Seo; y esto en pena de diez sueldos de multa a los que no lo hagan, y si fuesen clavarios o estuvieran encargados de las banderas de los oficios, la multa será de treinta sueldos, aplicada la tercera parte a la caja del dicho oficio, la tercera al común de la ciudad, y la otra tercera parte a sus magnificencias. Y guárdese quien deba guardarse.—Gaspar García de Lara, jurado.
         Día 14 del mes de julio del año de nuestro Señor 1577, yo Juan de Vilanova, trompeta, por los mandamientos de los muy magníficos señores Justicia y Jurados de la dicha ciudad, declaro haber preconizado el sobredicho pregón en la plaza y lugares acostumbrados de la ciudad»

La fiesta: 

           Duraba frecuentemente tres o cuatro días, formando parte del programa danzas de castañeta, fuegos artificiales y dos o tres corridas de toros costeados por el Consejo. Este hacía entre sus individuos, autoridades, canónigos y personas de pró distribuciones de velas y bujías para las iluminaciones, nieve para refrescarse, traída de los dos pozos que poseía la ciudad en la sierra de Espuña, y abanicos que se adquirían en Valencia fijando al propio tiempo los precios a que habían de venderse los helados: el cuartillo de leche merengada, fresa y melocotón, a real; el de mantecado, real y medio, y la horchata a la mitad de este precio.
         Por la noche se representaban farsas en la Casa de las Comedias, o la comedia nueva en tres jornadas Las Estrellas de Orihuela, cuando se tuvo. Al espectáculo asistían todas las autoridades, ocupando la espaciosa tribuna que había frente a la escena; y para fomentarlo contribuía el Consejo con 1200 reales al año, por sus entradas y las de los maceros, alguaciles y demás empleados subalternos.
         Durante las fiestas recorría las calles una comisión para inspeccionar los adornos, altares, curiosidades y demás ingenios que hacían los vecinos, y distribuir los premios; celebrándose por la tarde en la plaza Mayor el concurso de danzas con asistencia de consejeros y canónigos, que constituían el jurado calificador. En estos premios entraban también los que se otorgaban a las danzas de gigantes y cabezudos que precedían al Estandarte al ser conducido a la Catedral y Santa Justa.
         Los últimos días se destinaban a las corridas de toros. Los magníficos señores mostraban tal pasión por la fiesta nacional, que la supresión de este instructivo y edificante espectáculo ocasionó más de una vez altercados y borrascas en las sesiones, como aconteció en la del año 1700, cuando algunos consejeros, celosos del haber público, se empeñaron en suprimirlo.

Los clarineros.

        Como la ciudad carecía de ellos y para que no faltase este ornamento indispensable en la fiesta, se traían con buena costa de otras poblaciones, fué grande el contento de los vecinos al ver cierto día, antes de celebrarse aquélla, que un señor Jurado y dos alguaciles conducían a la Sala del Consejo dos sujetos mal vestidos que carecían forasteros. El público invadió el local, como acontecía en las grandes solemnidades, y después de mandar que se guardase silencio y compostura, habló así el Justicia D. Miguel Ruiz Giménez a los magníficos señores del Consejo:
         —Ilustres señores: Pongo en conocimiento de vuestras mercedes que han llegado a esta ciudad los clarineros Juan y Jaime Puchol buscando conveniencia, y es razón que la presente ciudad, en las funciones públicas que hace, vaya con el mayor lustre, lo cual se logrará con la asistencia de dichos clarineros, como se practica en las ciudades de Tortosa, Zaragoza, Valencia, Játiva y Alicante: y es inconveniente, que siendo dicha ciudad de Alicante inferior respecto de Orihuela, tenga circunstancias de mayor lucimiento, y Orihuela carezca de ellas. Por lo cual, y porque en las funciones de festividades y corridas de tiros se traen clarineros de ciudades extrañas, con lo que se gastan crecidas cantidades solamente en aquellas señaladas funciones, y en las restantes del año va la presente ciudad sin decencia alguna y con la contingencia de encontrarse a su paso diferentes carros cargados de estiércol y otros inconvenientes, lo que se evitará llevando los clarineros delante; porque en oyéndolos los que van, por las calles con semejantes embarazos, sabrán que la ciudad va, y cuidarán de detenerse y apartarse, dejando las calles libres de tales inconvenientes.
         Por lo cual, ilustres señores, os propongo que proveamos, ordenemos y mandemos a los dichos Juan y Jaime Puchol, que están fuera de la Sala, que se detengan en la presente ciudad, y que de los fondos de propios de la misma se les paguen para su manutención dos reales de moneda del presente reino a cada uno de ellos y por cada un día, y que se les dé librea correspondiente al ejercicio de clarineros en las funciones públicas que la ciudad celebra, y que no puedan, sin licencia nuestra, salir a parte alguna a tocarlos ni a otra diligencia voluntaria, y que la presente, interesantísima resolución, la haya de aprobar el señor virrey del presente reino».
         El Consejo, muy holgado de tener clarineros propios, acordó lo propuesto por el Justicia, y además que se escribiese sin tardanza a don Juan de la Torre y Orumbella, oriolano muy principal que en Valencia residía y privaba mucho con el señor virrey, a fin de que no se malograran estos plausibles acuerdos.
         El virrey los aprobó, y los señores se aprestaron a disponer la fiesta en que por primera vez lucieron sus libreas y tocaron los instrumentos; pero al acordar el programa de ella, incluyendo dos corridas de toros de muerte, surgieron muy graves contrariedades. 

Sesión de toros.

        Al reunirse el Consejo días antes de la fiesta, la mayoría de los señores, capitaneada por el justicia Ruiz, deseaba tirar la casa por la ventana para que no desmereciese el regocijo y ostentación a los acostumbrados en solemnidades anteriores, y, sobre todo, que no faltasen en la de este año las dos grandes corridas de toros, y a veces tres, que a la memorable fiesta servían de complemento.
         Los consejeros D. Félix Malla y D. José Aráez tronaron contra este despilfarro, cuando la ciudad debía más de 20.000 reales a los reverendos señores del Cabildo; no se habían reparado todavía los grandes daños que reciente inundación causara; estaban paralizados, por falta de recursos, los muchos pleitos que la ciudad seguía a la sazón, y el muelle y almacenes que se estaban construyendo en La Mata para el embarco de los frutos del país, no se terminaban por las mismas circunstancias. Empeñarse en dar dos corridas de toros, estando la ciudad tan empobrecida, era una temeridad, una vergüenza y más aún cuando la interesante salud del señor rey D. Carlos II, inspiraba tan graves cuidados a todos los leales servidores de su real majestad. 

         El Consejo, sin embargo de todo, acordó llevar adelante tan utilísima diversión; porque como dijo con mucha ingenuidad el magnífico Justicia, las dos corridas de toros de muerte -apenas si costarían más de 5000 reales; y si bien eran ciertas y poderosas las razones expuestas por los opositores, sobre ellas había una consideración de muchísima importancia, cual era la de que al tomar posesión de- sus cargos, habían jurado los ilustres señores sobre los cuatro Santos Evangelios cumplir con fidelidad sus obligaciones, y una de ellas, quizás la que más interesaba al decoro y prestigio de esta insigne república, era la de hacer esta fiesta con el mayor esplendor que fuese posible.
        ¿Cómo faltar ahora a tan sagrado juramento y suprimir las corridas de toros? ¡Imposible¡. Los reverendos canónigos podían esperar, porque ellos también iban a solazarse disfrutando de las dos corridas desde su tablado; los portillos del río ya se compondrían más adelante, y por la salud de su majestad ya se habían hecho piadosas rogativas, y se harían las que fuesen menester.
        Ante tan abrumadores razonamientos los consejeros Malla y Aráez enmudecieron y abandonaron la Sala, no sin antes promover un ruidoso alboroto al exigir que e consignaran en el acta sus protestas.

Las corridas.

       Se celebraron los días 19 y 20 para no interrumpir los otros festejos. El Consejo y las demás autoridades ocuparon el espacioso tablado que delante del Pósito (hoy Casa de la ciudad) se construyó y adornó con vistosas colgaduras. Los señores del Cabildo instalaron el suyo delante de la casa que en la plaza Mayor poseían, construyéndose en toda ella los que ocupaban caballeros distinguidos, damas linajudas y personas de pró, poblándose los terrados, rejas. y balcones de numerosos espectadores.
 


 

           Antes de empezar la corrida, los maceros distribuyeron entre los consejeros, autoridades y canónigos los abanicos traídos expresamente de Valencia por acuerdo del Consejo; pero no pudo obsequiárseles con las aguas de nieve que era costumbre servirles durante las corridas, porque al mandar por ella a los pozos de Espuña, se halló que el encargado de su custodia la había vendido toda a otras poblaciones, y aunque con mucha prisa se enviaron personas y caballerías a traerla de Sierra Nevada, aún no habían llegado los mensajeros.
         Al salir el primer toro, canónigos y consejeros le cubrieron la piel de punzantes repullos de vistosos colores, en cuya destreza para lanzarlos se distinguían mucho sus señorías y reverencias. Después, para alegrar a los capeadores, arrojábanles puñados de confituras, ocasionando a los que acudían a recogerlas sendos revolcones de los cornúpetos, y produciendo las cogidas estrepitosas demostraciones de alegría.
         Los papeles no mencionan otros detalles; sólo en- un registró del hospital de San Juan de Dios se anota la entrada de tres lisiados en las corridas de toros del día 20, de los que uno de ellos partió para el otro mundo cuatro días después. 

Tarde y con daño.

         Mientras los oriolanos se recreaban con el emocionante espectáculo taurino y saboreaban después ‘a carne de las reses a dos: sueldos y tres dineros libra (unos 40 céntimos), volvía de Sierra Nevada el mensajero que envió el Consejo en busca de las cuatrocientas arrobas de nieve que a toda prisa había de traer para la fiesta.
          Llamábase aquel mensajero D. Salvador Franco, hombre valeroso y experto, aun para empresas de mayores dificultades, si bien no fueron pocas las que tuvo que vencer para dar honroso remate a su importante comisión.
         Fué allá con cincuenta mulos y adecuado número de gañanes. Al regresar de la expedición, las autoridades de Granada le embargaron las recuas y la carga; y aunque con toda diligencia le enviaron de aquí suficiente número d’~ escudos de oro para libertarle, llegó a Orihuela con la nieve tan derretida y mermada y tan a destiempo (pues era ya bien entrado octubre, que los apresuramientos del viaje, sus dispendios y las fatigas del mensajero no produjeron ninguna utilidad, antes bien sirvieron a los impugnadores de las corridas para poner de oro y azul al Justicia y a sus taurófilos partidarios.

Otra desgracia.

         Algunos días después, el 22 de noviembre de 1700, el Consejo se reunió apresuradamente, porque se acababa de recibir la desconsoladora noticia del fallecimiento de S. M. D. Carlos II el Hechizado, resultando sin provecho para su salud las fervorosas rogativas que se hicieron para evitar semejante desgracia. Los señores, en señal de duelo, acordaron que se diese a cada uno de ellos 600 reales castellanos para lutos; que se hicieran trajes negros a los oficiales de secretaria, alguaciles y demás servidores de la ciudad; que durante ocho días nadie fuese osado de trabajar, so pena de sesenta sueldos, a fin de dedicar esos días a rogar a Dios por el alma del rey; que en todas las parroquias se celebraran misas en sufragio de su eterno descanso, pagadas a dos reales cada una; que en la Catedral se hiciesen suntuosos funerales con asistencia del Cabildo (que recibiría 1200 reales por ello), encargando de decir la misa al canónigo D. Luis Pizana, y el sermón de honras fúnebres al maestrescuela D. Gregorio de Soto.
   Aquella misma noche se pregonaron estos plausibles acuerdos por toda la ciudad, formándose una cabalgata a cuyo frente iban los dos clarineros a caballo con gualdrapas negras: detrás, el pregonero; luego los cinco maceros con mazas de plata; en pos, el síndico y el subsíndico, el secretario y su ayudante, y detrás de éstos el alguacil del señor racional, todos en briosos caballos colgados de paños y bayetas de luto. Cuarenta hombres a pié, con antorchas encendidas, rodeaban la fúnebre comitiva la que de trecho en trecho hacía saber a los admirados vecinos la desgracia que lloraba la monarquía española, y la orden dada por los ilustres señores de holgar durante ocho días, para consagrarlos a pedir a Dios por el alma del señor rey D. Carlos II el Hechizado. 

                                         J. Rufino Gea