Cuento

Antonio Luis Galiano Perez

EL HERMANO BENITO Y
LA ERMITA DEL SEPULCRO

A María Dolores y Enrique

       Casi al amanecer, como todos los días, Benito el lego de los Franciscanos observantes del convento de Santa Ana, encargado de la limpieza y ornato de la ermita del Sepulcro, recorría casi a tientas, por las pocas luces del día, el corto trayecto desde el cenobio al templo que custodia la imagen del Señor en el sepulcro. Esta era su devoción y meditación, sobre ella ponía sus ojos, cuando retiraba la cortinilla de la urna coronada de pequeños ángeles de madera y quitaba la sábana bordada con transparente que cubría el cuerpo desnudo del Cristo, para limpiarlo.

       Cada mañana, en su recorrido, tras los maitines, con apenas un tazón de leche en su estómago y llevando en el morral un trozo de pan moreno y cecina, como único alimento para la jornada diaria a través de las ermitas de la huerta, recolectando limosnas para el convento, llegaba hasta la ermita de su Señor en el Sepulcro. El camino lo hacía lentamente, le gustaba recoger algunas hierbas de poder curativo que crecían junto a la senda, para después facilitarlas a aquellos enfermos que hallaba en sus correrías por la vega.

       Aquel día era venturoso, ya que desde hace tiempo iba tras la pimpinela, que Pedro el del Raiguero la había pedido para sus males de retención de orina.

       El trayecto, lo hacía despacio y, de vez en vez, levantaba sus ojos y dirigía su mirada hacia el monte donde existía una cruz de madera y al que todos los años subía con el sacriste de la Catedral para bendecir  y conjurar los términos, a fin de que no acaecieran plagas ni pedriscos. El ayudaba a depositar palma blanca y corporales a los pies de la cruz.

       Otras veces, durante el camino, venía a su memoria, el paso de las insignias de la Venerable Orden Tercera hacia la ciudad en Semana Santa, o sentía sobre su hombro el peso de la Insignia de las Insignias, la de! Abuelo, hacia su novena o testamento.

       En alguna ocasión, después de cruzar el camino real que va a Murcia y cuando accedía por la cuesta hacia la ermita que coronaba el Vía Crucis, le venían a sus oídos los bullicios sacrílegos de aquellos que acampaban la víspera del desenclavamiento, y que habían dado lugar debido a sus retozos pecadores, que el Ordinario lo prohibiese. Aunque, siempre prevalecía en sus sentidos la imagen de la Cruz que ublaba todas las ofensas.

       Así con sus pensamientos y ya clareando el día, Benito, llegaba a la ermita de! Sepulcro, cuya achada encalada de blanco, austera como la vida de los observantes, sólo era rota por el escudo de la Orden Tercera que coronaba el portón.

       Aquel día quedó perplejo. Al parecer, algo había ocurrido. El portón estaba entreabierto. Benito sabía que, la tarde anterior había dejado la puerta cerrada a cal y canto, al despedirse de Francisco de Rojas, Hermano Mayor de la Orden Tercera.

       Accedió al templo y a través de un rayo de sol que iluminaba el altar mayor, se apercibió de que la cortinilla estaba descorrida y de que el cuerpo del Yacente, estaba sobre el frío suelo, sin sus ricas sábanas bordadas y la cabecera con galón de oro fino no estaba: Habían sido robadas.

       Se acercó presuroso y vio como, al quedar abierta la cortinilla de la urna, unos ratoncillos de los que él mismo alimentaba con parte de su pan moreno, estaban dando cuenta del cobertor morado que cubría el interior de dicha urna. A una voz, solo podía hablarles ya que era hijo de Asis y no debía hacerles daño a estos animales como Francisco al hermano lobo, se espantaron. A la vez que él, impresionado por el sacrilegio, caía de hinojos sollozando. Preguntó, si tal vez, no cerrase bien la puerta y miró hacia los altares esperando que santa Margarita de Cortona, con su cruz en la mano y un perrito  a sus pies, le consolara.

       Al reaccionar, su primer acto fue deshacerse de su tosco hábito y cubrir el cuerpo del Yacente.

       Benito, después pidió ayuda, la imagen fue depositada en su urna, se temió que Su Majestad Divina castigara a la ciudad por el sacrilegio cometido. Era el 19 de enero de 1693.

       Aquel año, se decidió que la imagen saliera en procesión cubierta por el hábito de Benito y la Junta de la Venerable Orden Tercera acordó que el lego ocupase un lugar privilegiado junto a los mayordomos.

       Pero, Benito no pudo ver cumplido este acuerdo y días antes, en la semana de Pasión dejaba de existir. Pero, su burdo hábito cubrió durante muchos años el cuerpo desnudo de la imagen del Señor en el Sepulcro.

        Han pasado casi tres centurias y en la ciudad una comparsa de cristianos adquiría la ermita, la cual estaba cerrada desde hacía mucho tiempo. Esta había sufrido guerras y expolios y al restaurarla en una de sus paredes, apareció un tubo de plomo en cuyo interior se albergaba un texto que explicaba la historia del hermano Benito y la ermita del Sepulcro y, dicho texto concluía:

        «Para conocimiento de las gentes venideras, como ejemplo, recuerdo y veneración y estimulo para conservar lo nuestro». /

        ADDENDA: Todo cuento relata un suceso falso o de pura invención.
 
        Pero, en «El hermano Benito y la ermita del Sepulcro» hay parte de realidad, la cual ha llegado hasta nosotros de la mano del Padre Agustín Nieto.